Parir sin Miedo

Consuelo Ruiz Vélez Frías
Ref.: 9788493752620
Autor: Consuelo Ruiz
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Cubierta: Ana Álvarez-Errecalde

Con la colaboración de Natalène Suanzes, M. Àngels Claramunt, Emilio Santos y Jesús Sanz.

El dolor ha sido creado e institucionalizado por la ignorancia, y se mantiene porque constituye un formidable instrumento de poder.

Los enemigos del parto son cuatro: la ignorancia, el miedo, el dolor y la impaciencia.

Nunca antes se consideró el parto como una enfermedad, por lo que jamás se asistió en los hospitales, sino que había unos establecimientos, las maternidades, donde se asistía a las embarazadas que no disponían de un hogar adecuado o que ni siquiera tenían un hogar. En las maternidades no se admitían enfermos, ni en los hospitales, parturientas. 

Antes se paría, se comía, se padecían y se curaban las enfermedades en casa; a veces, incluso, se trabajaba en casa, en casa se divertía cada familia a su gusto... Hasta la última y definitiva actividad humana, morir, transcurría en el hogar, y en cualquier actividad la compañía de familiares y amigos estaba asegurada, para reír o llorar juntos. 

En la vida moderna, la casa es sólo el lugar donde se duerme, se lava y se viste uno, donde todos están de paso y donde, a veces, la reducida familia son verdaderos desconocidos, y los acontecimientos más importantes, el alfa y el omega de la vida, nacer y morir, se ejecutan fuera del hogar y de la familia, entre aglomeraciones de desconocidos.

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE 

A Consuelo Ruiz Vélez- Frías, en justo homenaje (M. Àngels Claramunt)

Consuelo, revolucionaria (Emilio Santos Leal)

Descubriendo a Consuelo (Natalène Suanzes)

Al lado de Consuelo Ruiz (Jesús Sanz)

Capítulo 1: Confesiones sinceras

Capítulo 2: Un poco de historia

Capítulo 3: Lo lógico y lo ilógico

Capítulo 4: Carta abierta al obstetra del s.XXI

Capítulo 5: Los enemigos del parto en casa

Capítulo 6: ¿Qué es la psicoprofilaxis?

Capítulo 7: Sin miedo y con amor, Consuelo ejerciendo. Testimonios

Capítulo 8: Recapitulando, ¿en qué me he equivocado?

Capítulo 9: Consuelo, poetisa

 

Capítulo 1

Me voy a morir con la sensación de haber fracasado, de haber desperdiciado mi vida, de no haber sido comprendida por mis contemporáneos. Me he esforzado en explicar lo que creo y pienso de la forma más clara y sencilla posible, pero ha sido como si hablase otra lengua, como si perteneciese a un mundo distinto.

Cuando, haciendo prácticas de obstetricia para la carrera de Practicante, tuve ocasión de presenciar partos, me quedé horrorizada, me pareció que la manera en que éste se llevaba a cabo era indigna de seres racionales. Jamás había pensado ser matrona, una profesión que estaba completamente fuera de mi ambiente, pero a la vista del parto, sentí algo así como lo que debió sentir San Pablo cuando se cayó del caballo, camino de Damasco, una especie de mandato urgente, de que lo abandonase todo y me dedicase, exclusivamente, a asistir el parto mejor, a socorrer con urgencia a aquellas pobres e ignorantes mujeres, víctimas de una injusticia social que había convertido en dolorosa, temida, denigrante e incluso, en ocasiones, vergonzosa, la función más hermosa del organismo femenino: el acto de parir.

Llevo muchos años, toda la vida, luchando porque las mujeres hagan honor a su condición de seres inteligentes, aprendiendo a parir y ser madres; porque se les reconozca, en cualquier momento y en cualquier función que realicen, su rango de personas, de seres dotados del soplo divino que distingue a los humanos de los animales.

Está fuera de toda lógica que la mujer para peor que cualquier otra hembra vivípara, que no pueda realizar por sus propios medios, por sí misma, esa importante función, a pesar de estar fisiológicamente capacitada para ello, incluso mejor que los otros vivíparos, pues está dentro de lo posible que la inteligencia supere al instinto. La mujer podría autodirigir su parto sin miedo, sin errores, sin supersticiones y sin tener que entregarse, pasivamente, en manos ajenas.

El instinto perdido puede ser reemplazado por el conocimiento, el raciocinio y la voluntad de llevar a cabo, con conocimiento de causa, una tarea para la que la mujer ha nacido suficientemente capacitada, pero que la ignorancia de lo que es un parto y la subestima del propio valor, han impedido que la mujer se hiciera cargo, conscientemente, del parto y haya consentido con pasividad que la función se haya desenfocado hasta convertirse en una grave y costosa enfermedad, en un temido y fatídico azar en la vida de la mujer.

Mucha gente ha creído, también mis propias compañeras de profesión, que soy una retrógrada añorante del pasado y que odio cerrilmente la ciencia y el progreso y predico volver al tiempo ido, a la comadrona con su maletita, con sus conocimientos empíricos sobre el parto, más prácticos que científicos, mujeres admirables, de admirable dedicación y buena voluntad, que ejercían heroicamente la profesión con la competencia feroz, sobre todo en los pueblos, de parteras aficionadas medio analfabetas y del médico rural, proclive a terminar rápidamente los partos, incluso con el bárbaro procedimiento del forceps a domicilio.

Yo debo pertenecer a otra época, acaso debí nacer siglos después, cuando las facultades anímicas del ser humano sean generalmente conocidas y tenidas en cuenta, cuando no haya barreras ni esclavitud en razón de casta, sexo, raza o posición social, cuando hombres y mujeres, trabajadores y dirigentes, ricos y pobres sean, por igual, seres humanos con derechos y deberes comunes, cuando todos sean tratados y considerados como seres superiores por el hecho de poseer inteligencia, memoria y voluntad, cuando la categoría de una persona corresponda a sus cualidades y no al dinero que tenga, a la familia a la que pertenezca o al país en que haya nacido. Ya sé que esto parece un utopía, pero acaso lo parecieron también cosas que hoy nos parecen naturales.

Hay que reconocer que la vida ha cambiado mucho en poco tiempo. Yo ya vivía cuando era impensable que nadie, hombre o mujer, condujese su propio automóvil, tarea que estaba a cargo de especialistas, y hubiera sido tachado de loco o suicida quien se hubiera atrevido a ello. En cambio, hoy en día, cualquier hijo de vecino tiene su correspondiente carné, y conducir es cosa corriente y sin importancia. Las mujeres han invadido carreras, profesiones y puestos tradicionalmente reservados a los hombres, y a nadie le produce extrañeza este hecho; parece como si, tácticamente, se reconociera que la mujer es intelectualmente igual que el hombre y capaz de llevar a cabo las mismas actividades de forma completamente satisfactoria. Pero, paradójicamente, una tarea exclusivamente femenina que la mujer ha venido desempeñando desde la Prehistoria, es decir, el parto, a finales del s.xx, ya no se la juzga apta para ello sin ayuda de la «ciencia». A la mujer actual se le reconocen una serie de derechos pero se le niega uno que siempre fue suyo: el de dar a luz naturalmente.

Hasta hace más o menos medio siglo, se pensaba que el parto era una función normal y que una mujer sana y normalmente constituida podía dar a luz, como lo venían haciendo hasta entonces, sin más ayuda que la de otra mujer, la comadrona, una mujer que tras la debida preparación, poseía los conocimientos precisos para vigilar si el parto transcurría o no fisiológicamente, mientras la parturiente, lo único que sabía, era que tenía que doler, idea más o menos acompañada de un cúmulo de supersticiones.

 

Escuela de matronas

Los conocimientos obstétricos de la matrona eran más bien escasos, pero, en 1932, las Autoridades Sanitarias adecuaron la Casa de Salud de Santa Cristina como Escuela Oficial de Matronas, preocupados por la buena preparación de estas profesionales debido a la importancia social de su labor. Yo no sé si dicha escuela era la mejor de Europa porque, naturalmente, no las he visto todas, pero sí que no tenía nada que envidiar a la famosa «Port Royal» de París, y creo que su desaparición ha sido una gran pérdida para España.

En contra del calumnioso bulo que se ha hecho correr, la inmensa mayoría de las antiguas matronas, cuyo título facultativo las autoriza a asistir partos normales, según su leal saber y entender, observábamos en su asistencia una actitud expectante, dejando que el parto transcurriera normalmente, con un derroche de paciencia y con una atención completamente individualizada en cada caso, y la función se desarrollaba sin sorpresas ni tragedias.

 

Parto dirigido

En contra de los muchos derechos y libertades que la mujer ha adquirido recientemente, ha perdido la de parir de forma natural. Y tampoco ha adquirido algo que no tuvo nunca: la posibilidad de saber porqué duele el parto, en qué consiste, de aprender a parir para poderlo hacer conscientemente, sabiendo lo que hace, disfrutando activamente de su papel de protagonista del parto que le ha sido arrebatado sin compensación alguna.

A fines de los años sesenta, cierto doctor presentó en la Maternidad Provincial de Madrid, con el eufónico nombre de «parto dirigido» un sistema de parto sustitutivo del que la naturaleza efectuaba desde que se creó la mujer. Este parto dirigido tenía la ventaja de que se verificaba a voluntad de la persona o equipo que lo dirigiera. Mediante drogas, maniobras e intervenciones, el parto se podía abreviar considerablemente reforzando la intensidad y la frecuencia de las contracciones y acortando y suprimiendo las pausas fisiológicas de descanso entre contracción y contracción y entre período y período; en una palabra, dirigiendo a su gusto la ancestral función que tenía el grave defecto de no tener en cuenta la rapidez de la vida moderna en la que todo se hace deprisa, a la carrera, a contrarreloj. En la segunda mitad del s.xx no era lógico que las mujeres siguieran pariendo a la misma velocidad que cuando se viajaba en diligencia. Se hacía necesario poner al día el parto, como se había hecho con tantas otras cosas. Verdaderamente, el parto natural tan parsimonioso, a veces intempestivo, tan independiente, tan poco necesitado de elementos ajenos, realizándose por sus propios medios, sin utilizar drogas, aparatos ni máquinas era un anacronismo en el complicado mundo moderno, por demasiado sencillo.

Seguramente, no hubiera costado trabajo convencer a las mujeres de lo conveniente del cambio, pero, como se vivía bajo una dictadura militar, no hubo necesidad de ello, y la sustitución del parto natural por el dirigido artificialmente se llevó a cabo al estilo castrense.

Hasta la previa «educación maternal», tenía reminiscencias de instrucción militar, pues la gimnasia a la que se sometía a las embarazadas se semejaba al adiestramiento de los quintos, y su objetivo era el mismo: lograr el grado de disciplina necesario para que los individuos se sometieran, sin hacer preguntas, sin rechistar, a cuanto se les ordenara. Aunque las palabras fueran otras, en lugar de «Un...Dos... ar... Izquierda... Derecha», a las mujeres se les decía: «Flexión... Extensión... Un... Dos... Estiren... Descansen...» pero en ambos casos, el resultado era el mismo: tanto los soldados como las embarazadas, bien instruidos, bien aleccionados, irán sumisa y disciplinadamente adonde se les ordene.

Los soldados, a un desfile o a la guerra, y las mujeres, al hospital, estén o no de parto, el día que les manden ir, sin saber, ni los unos ni las otras, las razones de las órdenes ni lo que van a hacer con ellos porque en el parto, como en la mili, quien manda, manda. Claro, que una disciplina tan perfecta da lugar a desfiles magníficos, a que se ganen guerras y a que la mujer para en un «pis-pas», sin enterarse de nada.

Con tales procedimientos, yo creí que la cuestión del parto estaba ya definitivamente sistematizada y que la pretensión de una embarazada que clama en un anuncio porque la dejen elegir a su ginecólogo de igual forma que se le permitió elegir marido, era una voz solitaria que pedía algo absurdo porque no hay comparación posible entre el ginecólogo y el marido. Son dos personajes muy diferentes y de muy distinta categoría. Aparte de que el marido no es imprescindible, pues sin marido no sólo se puede vivir sino que incluso se puede tener hijos, una equivocación en este aspecto no tiene la menor importancia, pues para eso está el divorcio; pero el ginecólogo es mucho más importante, y un error en su elección podría acarrear consecuencias incalculables.

Desgraciadamente, pocas, poquísimas mujeres pueden disponer de su ginecólogo particular y tienen que conformarse con el MIR(1) de turno. Claro que, entre éste y la matrona, que a veces era la matrona de la familia dispuesta a asistir a la hija como asistió a la madre, la elección no es dudosa.

 

Las matronas

Yo ya estaba resignada a que las mujeres no parieran como había intentado que lo hicieran: con un conocimiento exacto de lo que es el parto. Al estar convencidas de que es una función natural y saber los motivos del dolor, ajenos a la función y el modo inteligente de evitarlos, el miedo al parto desaparecería automáticamente. Al cesar el temor al parto, no habría resistencia contra él, el organismo no tendría necesidad de reforzar las contracciones para vencer esa resistencia, y el parto se verificaría de forma lenta y suave y, desde luego, sin dolor.

¿Qué papel le reservaba yo a la matrona en estos partos verdaderamente preparados? Nada menos que la actividad que la religión coloca entre las obras de misericordia: enseñar al que no sabe. La preparación del parto, de su fisiología, no puede llevarla a cabo, lógicamente, más que quien conozca de forma satisfactoria dicha función. Además, la matrona no debe renunciar nunca a su papel tradicional de ayuda amistosa, compartiendo con la embarazada, la parturiente, la puérpara o la madre novata, de mujer a mujer, preocupaciones, problemas y alegrías.

En una ocasión publiqué en un resumen histórico un artículo que titulé "Las matronas, una profesión ancestral basada en el amor”. Hoy sigo pensando que sin amor hacia quienes se confían a nosotras es imposible ser una buena matrona...

Con la hospitalización forzosa de la mujer y la imposición de métodos artificiales para parir sobre los que no existe la mínima probabilidad de elección, ni siquiera información, la sumisión de la matrona al método es semejante a la de la mujer. Ni con el pensamiento se permitiría discrepar de la utilización rutinaria de drogas, maniobras, intervenciones, etc. El cometido de la matrona en el hospital es el de una máquina que ignora para qué sirve el trabajo que ejecuta; obedece órdenes y ¡punto! Es un ser inferior con un diploma elemental que no la capacita para discernir por sí misma, la asistencia que debe prestar a la parturiente, otro ser inferior: otro pedazo de carne con ojos que no osará jamás pedir explicaciones sobre lo que hacen con ella.

Acaso se piensa que esta sumisión ciega será garantía de que, si ocurriera una tragedia, la comadrona se libraría de la culpa, ya que no hizo más que cumplir órdenes, pero esta posibilidad es indigna de ser tomada en cuenta por una profesional que debe saber que las distocias primitivas(2) son reconocibles durante el embarazo o al inicio del parto, y que las que se presentan en el transcurso del mismo no ocurren «porque sí» sino que siempre tienen un motivo evitable. En base a sus conocimientos obstétricos, la matrona debe sentirse segura de que en un parto correctamente asistido nunca hay sorpresas, y que las distocias se pueden prevenir o, por lo menos, conocerlas de antemano.

El parto, como todo en la vida, tiene dos aspectos, uno físico y otro psicológico o espiritual. Asistir un parto ateniéndose solamente a la parte física, sin la parte emocional que lo acompaña, tanto por parte de la mujer como por parte de la matrona, no vale la pena. Es una función mecánica, semejante a la defecación. Tampoco puede suscitar emoción alguna un vientre abierto del cual se extrae un ser humano, exactamente como se haría con un tumor o un apéndice. Yo no he experimentado jamás emoción alguna en las escasísimas cesáreas que he instrumentado a lo largo de mi carrera profesional, pero sí que me saltaban las lágrimas de alegría ante la mirada del recién nacido o cuando se lo entregaba, con el cordón aún sin cortar, a su madre. Acaso el llanto de emoción de la mujer se nos contagiaba al marido y a mí.

He ganado muy poco dinero con los partos, escasamente lo necesario para vivir pobremente, pero hubiera dado todos los tesoros del mundo por poder participar de la alegría de la mujer que paría "queriéndose enterar” de lo que era tener un hijo.

¿No creéis que hay que recuperar el lado generoso y positivo del parto clásico, asistido únicamente por la matrona, en casos eutócicos(3), reviviendo los lazos de amistad que se creaban entre la mujer y nosotras? ¿No creéis que deberían volver los tiempos, de siglos, de milenios, en los que la matrona era parte importante de la sociedad y participaba en la vida de las familias? Yo tuve la dicha de alcanzar los últimos años de tal situación, cuando la llegada de la matrona a la casa era siempre acogida con optimismo y esperanza, cuando una se sentía querida y respetada por aquellas gentes que confiaban en ti, en tu ayuda, en tus cuidados, seguros de que no pasaría nada malo.

¿Cuál es el papel actual de la matrona en el parto? ¿El de un monaguillo que cumple órdenes esotéricas del sacerdote/médico/brujo que mediante misteriosos ritos pone en marcha el parto artificial en el momento deseado, que lo termina rápidamente y a su gusto, sin intervención consciente de la mujer/materia que no se entera de nada?

¿O es un robot acoplado a una formidable y complicada máquina de hacer partos, el multiprofesional «equipo tocológico» que, semejante a una orquesta sinfónica, ejecuta el parto, prescindiendo de la obsoleta marcha fisiológica del mismo. Todo bajo la eminente batuta del ginecólogo, especialista en enfermedades femeninas.

Tampoco la matrona se entera de nada en el parto. Esta tarea se encomienda a la máquina que, por lo visto, supera a la mujer en inteligencia y es mucho más fiable. La matrona/robot únicamente obedece. Ya se guardará muy bien ni siquiera de inquirir el objeto de las órdenes que recibe; la sumisión y disciplina deben ser absolutas.

Quien dirige el parto no da explicaciones a la parturiente ni a la familia de ésta ni mucho menos se las dará a la matrona, que es el «último mono» del numeroso equipo tocológico.

Desde luego, ninguna matrona moderna puede aspirar a la recompensa moral con que las mujeres y su familia premiaban nuestros desvelos. Actualmente, para la mujer y su familia, la matrona es un robot, un ser anónimo sin nombre ni rostro conocido; en el escaso tiempo que dura el parto no la trataron apenas, no tuvieron ocasión de fijarse si era rubia o morena, joven o vieja, fue una de las figuras desdibujadas que pululaban, manejando aparatos e instrumentos, alrededor de la cama de la mujer, ni siquiera se enteraron de cuál era su misión en el hospital y quizás se sintieron incómodos si fue una matrona quien asistió el parto dolidos de que el doctor no lo hubiera hecho personalmente, como era debido, y hubiera delegado en una empleada de categoría inferior.

Me conmovió el hecho de que las matronas organizadoras de un reciente congreso lo hubieran calificado como el de la «cariñoterapia», reconociendo que la mujer de parto necesita cariño, algo que las matronas clásicas suministrábamos siempre a manos llenas. Claro que entonces esto era muy fácil: no había que someterse a órdenes que difícilmente pueden ser ejecutadas cariñosamente en un ser de sensibilidad como la propia, podíamos asistir el parto como quisiéramos, como nuestra conciencia nos aconsejara y, generalmente, nos absteníamos de drogas y maniobras que pudieran, aunque fuera muy lejanamente, perjudicar al niño, a la mujer o al normal desarrollo del parto. Aunque nada más hubiera la sospecha de posibles secuelas de cualquier acción, no la llevábamos a cabo. Por ejemplo, la episiotomía(4), que hoy se practica de manera rutinaria, haga falta o no; las matronas antiguas lo pensábamos mucho y luego no la hacíamos a menos que no fuera absolutamente precisa, en cuyo caso nos contentábamos con un solo piquete y no las amplísimas episiotomías actuales que tardan mucho en cerrar y suelen ser dolorosas, molestas y, en opinión de las puérperas, «lo peor del parto».

En cambio, aprovechábamos las pausas entre contracción y contracción y entre fase y fase para charlar con la mujer de otras cosas, como dos amigas o dos hermanas: del nombre que iban a poner al niño, de si preferían que fuera niño o niña, de la ropita que habían confeccionado o comprado... Se hablaba del niño/a , dando por sentado que el parto iba a ser un éxito y cómo afrontar el único fracaso posible: que el sexo del neonato no fuese el deseado.

Era una buena profesión la de matrona, y se podían dar por bien empleadas las noches sin dormir, de no poder disponer con seguridad del tiempo libre y las caminatas, con frío o calor, para ir a visitar cada día a la puérpara para asegurarnos de la normalidad del puerperio y pasar a ser confidente e instructora en la primera semana de su maternidad, con las mamás noveles que, en la mayoría de los casos, no saben resolver las situaciones por su natural inexperiencia.

Todos los inconvenientes de ser matrona eran una minucia comparado con la felicidad de poder disponer, al menos por unos días, de la amistad de otra mujer, dispuesta a compartir su maternidad contigo y, encima, agradecerlo, como si fueras tú quien hacía el favor.

Consuelo Ruiz Vélez Frías

Consuelo (1914-2005) vivió entregada a la mujer en todas sus facetas, transmitiéndole el derecho y saber natural de concebir, dar a luz y criar, así como la toma de responsabilidad en el íntimo acto de parir. Decía que su buena madre le había enseñado a arreglar las cosas, y, con el paso de los años, se dispuso a "arreglar" el parto. Después de la Guerra Civil, estudió la carrera de Matrona. Vivió en América y en varios países de Europa, y a su regreso a España, continuó ejerciendo su compromiso de vida, de dar vida y amar como instintiva, natural y fisiológicamente sabemos.

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